

Jugando en mi jardín,
me encontré un caracol.
Paseaba muy despacio,
sobre un rayito de sol.
Cuando llegó la noche,
sobre una hojita de yedra
se durmió.
Soñó con los angelitos
y otra vez salió al sol.
Desde entonces yo le canto
esta bella canción:
“Yo tengo un caracolito
y lo veo todos los días,
se sube por mi ventana
para darme los buenos días”.

Quiero ser marinera
y surcar los siete mares
junto a una hechicera
que cura enfermedades.
Cojo mi barco
y me pongo a navegar
junto a mi hechicera
conozco el mar.
Llego a una isla
sin final
y curamos a la gente
sin rechistar.
¡Bajad las anclas
que hemos llegado a tierra!
Mira a mi príncipe
que me espera en ella.
Esto ha sido un sueño
espero que se haga realidad
y junto a mi príncipe
me espero casar.

Hay silencios que pesan como cruces,
son silencios que ahogan la garganta,
nos atrapan la voz y la desmiembran,
le arrancan a la lengua la ilusión,
la callan.
Hay silencios que vuelven a hurtadillas
para turbar el alma,
que caminan contigo latentes,
imprecisos,
hasta encontrar palabras
para dejar de ser secretos escondidos
que se escapan,
se asoman a mis ojos y en un rayo de luz
se sientan y se marchan.
Hay silencios tan fríos como escarchas
que buscan los abrigos de tus besos,
que sueñan con ser llama,
para fundir el hielo
que labró la pared que no separa.
Hay silencios que no dejan de ser
porque son consentidos,
son las pautas que te pide la vida,
silencios de la piel porque respira,
silencios sin correr,
silencios que te cuidan.
Hay silencios que se rompen
con gritos de alegría,
también rompen silencios los desgarros,
los llantos y las risas,
los aplausos,
y el corazón que trota sin descanso
buscando que lo oprimas.
Hay silencios que mienten y hacen daño,
que duelen y se ocultan,
como saben hacerlo los silencios,
te acechan, te derrumban.
Silencios de tu vida,
silencios de la mía,
que buscan ser comunes un momento,
donde poder decirnos con los ojos
lo que empujan los labios al silencio.

Es la primavera
la más bella estación,
collares de amapolas,
collares de margaritas,
pendientes de tulipanes,
anillos de claveles y
pulseras de girasoles,
brillan como soles.

Al sol
le han robado
su corona de rey
¿Quién ha sido?
Las nubes.
Arco iris
ven pronto.

La luna tiene frío.
Se ha mojado en el río.
Ven a mi camita, lunita,
te taparé con mi mantita.
Besitos te daré

El pez salta que salta
entre las olas.
Yo en la arena sueño
con mi caracola.
El pez bucea que bucea
en el fondo del mar.

Globo, globito no explotes
que me das un sustito.
Globo, globero no te rompas
que yo te quiero.
Globo, globucho no grites
que yo te escucho.

El rey y la reina
juntos estaban.
El rey y la reina,
juntos cantaban.
El rey y la reina
se miraban
y se acariciaban.
Sus hijitos,
todos bailaban,
en silencio observaban
como el rey y la reina
se amaban.
Los reyes siempre se miraban.

Mi pecho es una cajita
que guarda mi CORAZÓN,
con el que siento alegría
paz, felicidad y amor.
Si acerco mi mano a él,
Lo escucho hacer tic-tac,
está bombeando la sangre
que por todo el cuerpo irá.
¡Qué órgano más importante!
¡qué bonita su función!
pues además de darme la vida,
me hace sentir amor.

No sé yo que prefieren los conejos
¿Saltar y saltar o comer y comer?
¿Qué le podría regalar?
Le podría regalar una máquina de saltar…
No sé yo, no sé yo o quizás una zanahoria para cocinar.
Puede que le guste, puede que le encante o
puede detestarla.
Que pena, que pena, la tirará, la romperá
Que pena, no le gustará.
Que bien, que bien, la utilizará, jugará y saltará
Que bien, le gustará.

Voy cruzando el río,
voy hacia el cumbrero.
Con el perro jugar quiero,
si llego tarde me muero.
Abuelo, abuela, ¡os quiero!.
Ya estoy aquí otra vez,
y sigue el río sin agua y sin pez.
Mi madre me llama,
nos tenemos que ir ya,
pero no os preocupéis,
que mañana volveré.

Mis pompas de jabón
salen de mi habitación,
corren por el pasillo,
se quedan en el descansillo.
Mis pompas de jabón,
flotan alrededor,
pasan por el salón
toman té y pastas con café.
Mis pompas de jabón
se meten en la bañera,
detrás de la niñera.

En el fondo del mar
hay cosas maravillosas,
tantas cosas
como te puedas imaginar.
Yo ví un caballito de mar
y me subí a su espalda.
Pasaron delfines simpáticos
y ballenas juguetonas.
Hay un barco pirata
con muchos navegantes…
Un pirata honrado,
el pirata Pata de Palo
y una bucanera malvada.
Vi una sirena
muy hermosa,
como una rosa.
Esta sirenita…
¡Me ha alegrado el corazón!

Todos lo días mi padre va a trabajar,
suelda que te suelda sin parar.
No se cansa jamás,
sube y baja escaleras,
para adelgazar.
Mi madre es policía,
que defiende la justicia.
Multa que te multa sin cesar
al que no cumpla las leyes
no puede escapar.
Mi hermana tiene un gran corazón,
llena de vida e ilusión.
Le quiero un montón,
yo le achucho sin razón.
Yo, entre el colegio y las actividades,
tendré que estudiar,
pegada al libro como una lapa
debo estar.
Ya he hablado de mi familia
que vive en Carboneras
con ese sol y esa luna
cada mañana con esperanza alguna.

El Madrid ha perdido
mi padre se ha reído.
Y yo sentado en el sofá
estoy desesperado.
El Madrid fuera de la Champion
se ha quedado.
Vaya palo nos hemos llevado.
Fernando Torres, en el banquillo
al marcarnos el cuarto
¡vaya salto ha metido!
En al liga estamos igual
el Barça nos va a ganar.
Los merengues estamos tristes
solo nos queda pensar que el año que viene
¡Vamos a ganar!
Solo me queda decir
¡Hala Madrid!

Mis mejillas se enrojecen,
mi corazón te siente,
mis ojos ven
tus labios rojos como el fuego
acercándose a mí.
Mi corazón te llama
pidiendo un beso
y tú me das un beso de amor verdadero,
despertándome de mi sueño,
una rosa te entrego agradeciendo tu beso.
Después de una sonrisa,
tendremos una vida juntos,
un romance, un secreto,
una historia que contar,
un futuro de amor lleno.
Tú y yo unidos en lazo de amor,
un amor que llena de esperanza
mi sorprendido corazón.
Y siempre nos tendremos
sellando nuestros sueños

Hay una persona en mi vida muy especial,
que me mima y me cuida sin parar,
esa persona es mi abuelo,
un hombre sincero, un hombre sin perjuicios
al que yo quiero.
Mi abuelo me quiere,
mi abuelo me adora,
mi abuelo me trata
como a una pequeña señora.
Cuando miro a mi abuelo
veo en sus ojos
una gran tristeza
por estar un poco solo.
Todas la mañanas cuando se levanta,
hace su cama y arregla su casa,
prepara su comida, hace su colada,
mi madre y yo pensamos,
que es un verdadero amo de casa.
Por eso yo digo y no exagero
que a esa persona
es a la que yo más quiero.

Porque llueve, padre, sobre los caminos
yo escucho tus pasos más cerca que nunca.
La sublime pereza de los olivos viejos
hoy golpea la tumba que te envuelve
como espasmo siniestro, lejos de las montañas
donde ibas rumiando la oblación de la piedra,
más lejos todavía del viento, de este otoño
que deja al descubierto los nidos de los pájaros.
Ayer eran dos manos en los surcos
atentas a su origen,
dos manos minerales organizando el campo,
el hábito de la lejanía,
un tránsito de viejas enlutadas
como alguien de otro tiempo, la piel de las muchachas
coronando un silencio de pudor navegado,
las águilas que hienden sus garras
en la luz del relámpago.
Pero los años fueron pasando
como un galope de caballos que se amontonan
y las puertas de la vida se cerraron
delante de tu paso como una carcajada.
Nadie verá dos veces su camisa nueva
desde la misma playa.
Bajo esta lluvia, padre,
yo convoco tu cuerpo como amor que se tuerce,
las piadosas hermanas, la tristeza del mundo
concentrada de pronto en dos pupilas,
este campo sombrío donde entornan los búhos
sus ojos de ruleta. Yo convoco
arbustos que salpican de pájaros el rostro
del firmamento, piedras como altares
simétricos, la luz alcoholizada
de esta tierra manchada de cansancio legítimo,
todo aquello que es bello y se rompe cualquier tarde
para siempre.
Los muertos, padre mío, son rosas incendiadas
en horizontes fúnebres,
piedra plural, beso o golpe de luto
que alienta la anarquía de la madera estática.
¿Te prohíben las horas, te cercan lentamente
debajo de la vida como estrofa pisada?
Ya no veré tus manos que agitaban la tierra,
tu corazón de lámpara encendida,
aquel hondo desfile de precrucificados
camino de los surcos, del sol de cada día.
No hay solución, buen padre, no hay cobijo.
Los muertos son de Dios pero no tienen patria.

Estaban allí.
Jugaban, simplemente jugaban,
como niños, al juego de la vida.
Y el juego de la vida, enajenado,
sin vida, demasiado pronto,
les dejó.
Cambió sus risas por llantos sempiternos
de padres y de hermanos,
compañeros de juego y de colegio,
de familias destrozadas, sin razón.
La misma naturaleza que nos crea.
El mismo viento que a veces acaricia,
terció iracundo y sus sueños destrozó.
Estaban allí.
Jugaban, simplemente jugaban.
Y el juego de la vida
erró su flecha
y el viento cortó el hilo
y sus vidas, justo al alba, enmudeció.
Que un viento huracanado limpió espacios
y el cobijo que buscaban, derrumbó
y salieron heridas muchas almas
y sus cuerpos pequeños destrozó.
No hay palabras que maticen los pesares.
No hay silencios que apacigüen el dolor.
Sólo rabia, incomprensión y sinsentido,
lucha y hambre de justicia y de razón.
Y al final…amargura y desencanto,
tocar fondo y volverse a derrumbar.
Y de nuevo con el llanto, la esperanza,
para no morir de pena y de pesar,
permitir que acaricie nuestras mentes
y así, a pesar de todo, continuar,
sin borrar jamás la esencia de su paso,
su recuerdo, sus sonrisas o su olor,
reflejados en los ojos de los otros
para siempre con ternura y con amor.

Una vez conocí a aquel
que no guarda para el invierno,
el que vive de sol a sombra
y no deja polvo acumularse
sobre los muebles inexistentes.
Entre barcas varadas en la playa
contaba historias tristes
que acababan ahogadas en alcohol,
mientras el mar murmuraba
plegarias infinitas de ir y venir.
El hombre tenía la mirada de otoño,
una voz de gaviotas de atardecida,
manos callosas que raspaban el aire,
y sus dedos se entretejían
como marineras maromas gastadas.
Narraba jornadas terribles,
sucesos de noches de lunas rotas,
cuando el mar muerde las piedras
en furia letal desatada.
Tras el enésimo cigarrillo,
y la enésima copa de amargo vino,
al llegar la hora más triste
y sentir el tétrico cántico de la resaca,
el hombre,
el hombre eterno,
lloraba sobre el recuerdo del cadáver
de la mujer perdida,
arrastrada por la mar huérfana
de difuntos,
que devolvió, a cambio de su vida,
un coral destrozado por las olas.

Un sendero del parque dormido
donde como hojas de árbol
van cayendo historias enteras
saludos y despedidas
carne y fotografías.
Un beso helado de tempranísima mañana
veloz y rutinario
asfixiado por la prisa
de tener que estar
y no tanto ser
en la celda laboral en media horita.
Una ráfaga al aire de gritos y llantos
elevándose a un cielo donde caben aún
el sol posicionándose y la luna echando el cierre
mientras se abren las escuelas
que irán empezando unas vidas.
Sin embargo también queda sitio
para balances económicos del mal agüero
resúmenes y tirones de orejas
puestas de largo en los congresos
la nueva fanfarria televisiva
y la vieja canción de los propósitos de enmienda
la esperanza y la duda
la retórica y la
vieja
invencible
estufa.
Olor a castañas asadas en cualquier plaza
morenas con bufanda y guantes a juego
que se reivindican de tan bonitas
el paseo sin ruta ni guía de un enclenque perro
el débil sonido de la flauta callejera entrecortado por el viento
seis docenas de viudas compadeciendo a la perdida juventud.
El otoño se vuelve a presentar con un amplísimo fondo de armario.

Con las manos vacías, son pobres inmigrantes
cuajados por el frío;
llegan buscando pan, un poco de calor
que les niega su patria.
Son pobres inmigrantes,
alas rotas de una paloma en vuelo,
playas desnudas donde el mar fallece
sumido en el olvido
del oleaje seco.
Cruzan la mar bravía en débiles pateras,
cascarones mecidos por la muerte
que silenciosa acecha
como lobos hambrientos con colmillos de sangre.
Su norte es la aventura, un incierto destino
donde el rumbo promete
un edén escondido donde brotan veneros
de blanquísima leche y dulcísima miel.
Qué importan los peligros.
Lo importante es llegar al nuevo paraíso.
Qué importa abandonar familiares y amigos
o dejar a la esposa esperando el regreso.
Qué importa que la muerte con dedos afilados
esgrima su guadaña delante de los ojos.
Qué importa no volver si la vuelta es miseria
que descarna hasta el fondo inocente del alma.
Sólo ven lejanías donde el hombre es persona,
donde premian trabajo con dinero sonante,
donde puedes comer aunque no tengas hambre,
donde puedes dormir sosegado en la noche,
porque existe un mañana
con un sol deslumbrante.
Oleajes furiosos van sembrando inquietudes
en los pechos que esperan germinar nuevos surcos
con granadas cosechas.
Roncos ecos crujientes la patera golpean,
aguas llenas de espumas humedecen las caras,
se congelan los huesos y se escarcha la sangre,
los temblores del miedo hacen mella en su rumbo,
está cerca la costa, la ilusión no se pierde
auque ronde el peligro.
Cara o cruz es el juego, dualidad confundida
de la vida o la muerte,
cara o cruz gravitando sobre el lecho del mar
que dispone a su antojo como loca ruleta
o ganar la partida o perder el aliento.
Está cerca la costa, pero parece lejos,
lejos, lejos, muy lejos…
infinito lejano si te atenaza el mar.
Con las manos vacías, son pobres inmigrantes
cuajados por el frío.

Padre, siempre en mi recuerdo
presente siempre en mi alma
el recuerdo de tu sonrisa
que iluminaba tu cara
me dabas buenos consejos
tenías bellas palabras
una guitarra en tus manos
a melodía sonaba.
Íntegro de pensamientos
hombre sabio en la palabra
tengo siempre en mi recuerdo
el calor de tu mirada,
cuando había malos momentos
que parecían que mataban
aparecías en mis sueños
“hija, estoy aquí, a tu espalda”.
Nunca te dije “te quiero”
y eso me pesa en el alma
te echo tanto de menos
cada día me haces falta,
quisiera ver tu sonrisa
quisiera ver tu mirada
y escuchar las melodías
que hacías con tu guitarra,
quisiera tener tu abrazo
quisiera escuchar tus palabras
ojalá estuvieras conmigo
y que nunca te marcharas
Quiero que vengas conmigo
el día que yo me vaya
para no sentir el miedo
de lo que dejo a mi marcha.

Una familia de tres
subió al Metro en San Lázaro.
Siempre me quejé de mi vecino hediondo
el del 302
pero estos iban mucho más allá:
olían a sudor
que se seca sobre sudor
que se seca sobre sudor
de sobaco de prenda
que no se lava.
Ella era preciosa
casi parecida a Björk.
Él era simpático
como Mowgli, el de El Libro de la Selva.
El niño repasaba con su lengua los bordes plásticos
de un postrecito que no acababa.
Se apencaron los tres:
ella y el niño a mi izquierda
en los dos asientos vacíos.
Él quedó parado, pegado a mí.
Se cruzaban miradas tiernas.
Pude ver en sus uñas la suciedad que vira verde,
sus nudillos maltratados por un frío que los descostra
igual que a los bronquios de aquellos que sí tienen para cremas.
No pude odiar su mugre,
aprendí en ese momento que hay mugres con encanto:
las que se saben olidas,
las que reconocen la necesidad humana de respirar.
Así como hay dioses de la Lluvia y la Fertilidad
yo había conocido a los dioses del Hedor
(y a su primogénito).