De ruta por Mónsul y Genoveses.

Saliendo de San José hacia las playas de poniente, por una calzada rampante que nos ofrece la última panorámica de la bahía, topamos con una de las partes más puras y bien conservadas del Parque.
Difícil describir la sensación cuando se entra por primera vez en el campillo de los Genoveses. Su fiel guardián de brazos aspados nos ofrece sus entrañas, museo de engranajes dormidos y dientes cansados de moler. Apenas a cien metros, siguiendo la pista de tierra, se divisa majestuoso el Morrón de los Genoveses que enmarca con el cerro del Ave María, una de las playas dunares salvajes mejor conservada de la costa nacional. Un mar de chumberas, con cipreses, pinos y eucaliptos, alfombra un valle surcado por una pista de tierra que, a pesar de su bacheado, algún estresado urbano se empeña en cruzar a más de 10 Km/hora. Este santuario de la añoranza mediterránea que describe, más de lo que vemos, lo que se ha perdido en el litoral y que invita a dejar el coche a un lado y caminar hasta la orilla del mar. .

Si no es época de baños, cualquier vereda o camino que tomemos en silencio será amenizado por pájaros cantores, residentes en la reserva, o podremos maravillarnos ante la rica presencia volcánica de suelos, cerros y barrancos poblados de exóticos endemismos y rarezas botánicas.
Con la única ayuda de una cantimplora y la cámara fotográfica podemos disfrutar de este tesoro natural y llevarnos eternos recuerdos sin aumentar el peso de nuestro equipaje. Aquí resalta la tierra roja labrada para pastos o cereal, el blanco calizo de los acantilados con boina oscura de andesitas, lavándulas y tomillo en el Morrón y los infinitos reflejos marinos que se superan aquí con la variedad de “brillo de espejo” de unas aguas quietas como las de un lago.
También veremos al cielo pasar de azul a un blanco de luz excesiva como sólo los desiertos poseen, tomando parte del juego de los colores que se confabulan para extasiarnos. Este valle vio llegar y partir ejércitos y ahora contempla paciente el fluir de veraneantes porque sabe que luego se marcharán dejando aquí tan sólo su asombro y admiración, convirtiéndose ellos mismos en celadores temporales del último paraíso perdido de la costa peninsular.
Si buscamos tesoros más profundos, no dejemos este lugar milagroso sin pasear una noche por la orilla de su mar sereno bajo la luz de la luna, Si ella no está de turno, tráiganse los ojos de mirar estrellas y una linterna para cuando, saturados de belleza decidamos volver al mundo real. Al fotógrafo, al astrónomo, al geólogo, al botánico y al zoólogo no le faltarán motivos para perderse en este rincón, donde al fin, bañarse en una playa virgen de la más limpia y fina arena, de las más cristalina y fresca agua, les resultará lo más soso que pueden hacer, aunque a buen seguro nada desdeñable.
Dejamos Genoveses por la silenciosa pista de tierra, o aún mejor, siguiendo los senderos que remontan el suave Morrón para ofrecernos la última mirada de toda la bahía. Hacia poniente se llega así a un promontorio que domina la costa hasta Mónsul. Pequeñas y solitarias calas de arena fina y paredes volcánicas nos deslumbran en un inolvidable paseo litoral que sortea columnas de basalto y calas hasta llegar al Barronal, cerro y playa de arena clara con pitas y “barrones”, gramíneas altas tan abundantes aquí que le dan nombre a la que fue la primera playa naturista de Almería.

Ahora se divisa la gran duna móvil de Mónsul, maravilla geológica de frágil equilibrio que no debemos pisar. Tras ella, la bellísima ensenada con su “ola” fosilizada en el centro. Si hemos venido por la calzada, pasado un cruce que lleva a la izquierda al aparcamiento de los Genoveses, seguimos de frente hasta la gran duna rampante, puerta de Mónsul que nos dispone para el asombro: playazo de imponentes paredes basálticas y conglomerados de andesitas con fina arena oscura, de gran amplitud, adecuada para el baño estival, pero mejor aún para el paseo contemplativo en cualquier estación.

A su derecha, la playa de la Media Luna, donde la arena juega a trepar por enlosadas cornisas de una lava, fría hace ya diez millones de años. Una alfombra de algas crea un pasillo de marea baja hacia las calas y salientes sin apellido que van hasta la colorada Punta Redonda, justo antes del Cerro de la Vela Blanca y los montes y barrancos del Cabo de Gata.